Comencé mi camino como médica anestesióloga y, con el tiempo, mi propia experiencia de salud empezó a transformar profundamente mi manera de entender y ejercer la medicina.
Durante los meses de confinamiento por la pandemia empecé a explorar el mundo de la medicina ortomolecular. Casi en simultáneo, un síntoma cardiológico me obligó a mirar mi propia salud desde otro lugar y terminó convirtiéndose en un punto de inflexión tanto personal como profesional. Empecé a aplicar en mí misma muchas de las herramientas que estaba aprendiendo y, por primera vez, a preguntarme no solamente cómo tratar un síntoma, sino qué información podía estar trayendo ese síntoma sobre la manera en la que estaba viviendo.
A partir de ahí estudié muchísimo. Me formé en Sueroterapia —integrando también mi experiencia como anestesióloga—, Medicina Antienvejecimiento, Medicina Ortomolecular y Endocrinología, Psicoinmunoendocrinología, Suplementación Nutricional Integrativa y Medicina Frecuencial, además de otras herramientas que ampliaron cada vez más mi manera de comprender la salud.
Pero durante mucho tiempo mi respuesta frente a aquello que no entendía seguía siendo la misma: buscar más información. En mi profesión hacía cursos, estudiaba y acumulaba herramientas porque creía que saber más me iba a hacer sentir más segura y preparada. En mi salud hacía algo parecido: investigaba, probaba suplementos, hábitos, protocolos y diferentes estrategias intentando encontrar la respuesta que me faltaba.
El problema no era la información ni las herramientas. El problema fue darme cuenta de que saber cada vez más no necesariamente estaba cambiando la manera en la que vivía, decidía o ejercía mi profesión.
Ese descubrimiento cambió profundamente mi manera de verme a mí misma y también mi forma de acompañar a pacientes y profesionales.
Empecé a calibrar mi sistema nervioso, a observar cómo me hablaba, desde qué lugar tomaba mis decisiones y qué formas de responder repetía sin darme cuenta. Empecé a escuchar más mi cuerpo, a conocerme, a preguntarme qué quería realmente, qué tenía sentido para mí y qué ya no. Y, sobre todo, empecé a hacer algo que hasta entonces había hecho mucho menos: integrar.
Integrar lo que sabía con lo que experimentaba. La medicina con el cuerpo. El conocimiento con el autoconocimiento. La información con mi contexto. Dejar de sumar herramientas simplemente porque existían y empezar a desarrollar criterio para distinguir cuáles necesitaba, cuándo y para qué.
Y ahí empezó a aparecer claridad.
Claridad para tomar decisiones sobre mi salud. Para reconocer que ya no quería ejercer mi profesión de la manera en la que lo venía haciendo. Para elegir qué conservar de todo lo que había aprendido, qué dejar y hacia dónde quería avanzar. Y, fundamentalmente, para empezar a convertir todo ese conocimiento en decisiones y acciones concretas que transformaran mi realidad.
De ese proceso nace CALIVRA.
No como una teoría que primero diseñé y después empecé a aplicar, sino como una forma de ordenar e integrar aquello que había experimentado en mi propio proceso personal y profesional.
Con el tiempo pude reconocer los pilares que lo atravesaban: Calibración, Autoconocimiento, Liderazgo, Integración, Visión, Responsabilidad y Acción alineada. Y también una lógica que se repetía cada vez que algo realmente cambiaba: calibrar, observar, comprender, elegir e integrar.
Hoy esa misma mirada atraviesa mi forma de trabajar. Cuando acompaño a un paciente, no busco simplemente sumar suplementos, hábitos o protocolos: busco integrar la información disponible, comprender su contexto y ayudarlo a desarrollar criterio sobre lo que necesita. Y cuando acompaño a un profesional, tampoco busco decirle cuál debería ser su próximo curso, estrategia o decisión, sino ayudarlo a integrar lo que ya sabe con quién es, qué quiere y qué profesión quiere construir.
Porque si hay algo que mi propio recorrido me enseñó y que hoy está en el corazón de CALIVRA es esto:
La información por sí sola no transforma. Necesita ser integrada.
Con el tiempo descubrí que mi propósito no era dormir personas para que no sientan dolor, sino despertarlas para que aprendan a vivir mejor.